TODA LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD SOBRE EL CASO DE LA IMPRESORA

El pasado viernes por la mañana, en el curro, se me fue la cabeza. Mi sala de trabajo está un poco lejos de donde está la impresora. Debo atravesar varios pasillos, pasar por delante de recepción para finalmente llegar a otro pasillo y allí se encuentra la impresora. Aquella mañana la maldita impresora parecía jugar conmigo. Le daba al Ctrl+P y cuando llegaba hasta la impresora no había ningún documento impreso esperándome.

Repetí la operación varias veces. A la séptima vez, ya empecé a tocar todos los botones de manera descontrolada y a soltar dioses. Abrí la bandeja para meter más papel y había papel suficiente. Miré el engranaje por si había algún folio hecho un burruño que atascara el mecanismo, pero nada. Me metí en el menú para ver si le faltaba toner y unos gráficos muy técnicos me informaron de que todo estaba correcto. Todo parecía ir bien, salvo que no imprimía.

Empecé a enfadarme de verdad y le di con fuerza a la pantalla:

BANDEJA DE ENTRADA -> RECUPERAR TRABAJO.

Recuperar trabajo.  Recuperar trabajo. Recuperar trabajo. Recuperar trabajo. Recuperar trabajo. Vamos, máquina del infierno, recupera mi trabajo e imprimeeee!!!! Mi dedo insistía cada vez con más fuerza y con menos lógica sobre el display táctil de la impresora. Llegué a un estado de furia en que los cables de mi cerebro no hicieron contacto y mi mente se desenganchó de mi cuerpo…

MERLU IMPRESORA 1

Cuando mi cerebro y mi cuerpo volvieron a conectarse, descubrí con horror que me había cargado la impresora. De tanto darle con el dedo se había astillado la pantalla, y ese pequeño golpe con el dedo había sido el epicentro de un terremoto y…  la pantalla quedó hecha añicos. Y dejo de ser táctil, claro.

Ante la impresión de lo que había hecho volví a reaccionar sin pensar y salí de aquel pasillo como si nada hubiera ocurrido. Nadie me vio salir de allí.

Volví a mi cubículo y trabajé sin imprimir lo que necesitaba toda la mañana, lo cual me complicó mucho mi labor pero pude sacar el trabajo adelante. Al poco, un compañero entró en mi sala y me dijo:

-¿Te has enterado? Alguien se ha cargado la impresora. Le ha dado un puñetazo y ha roto la pantalla. La jefa está que trina.

Yo respondí con un seco:  – “No me extraña nada, lleva dando problemas desde tiempo inmemorial, alguien se habrá hartado y le habrá endiñado bien.”

Después, fui al pasillo de la impresora y vi cómo la jefa estallaba en cólera y decía a todo el pasillo que éramos unos animales. Empezaron a circular rumores de si había sido éste o aquel. A la gente le gusta hacer de Sherlock Holmes.

Pusieron un cartel encima de la impresora que rezaba: “¡APLAUSO PARA EL BRUTO QUE SE HA CARGADO LA IMPRESORA!” Porque claro, que no funcionara la impresora dificultaba el trabajo de otras salas.

Yo sentía la cabeza llena de piedras y sólo quería que se acabara mi turno para salir de allí y actuar como si nada hubiera ocurrido.

El fin de semana lo pasé fatal. No hacía más que volver con la mente al momento en que le di a la impresora el golpe fatal. Quería deshacer lo hecho. Pensaba en lo a gusto que podía estar si no hubiera hecho lo que hice. Me sentía culpable.

MERLU IMPRESORA 2

 

Sólo encontraba consuelo en los brazos de mi novia. Pero era un consuelo efímero, pronto se evaporaba, y el remordimiento volvía a golpear con fuerza.

Quedé el sábado con algunos compañeros de curro para tomar unas cervezas y el tema de ¿Quién se ha cargado la impresora?” fue la comidilla del grupo. Uno de ellos, que ya ha traspasado la frontera de compañero de curro y que ahora es mi amigo, me preguntó directamente:

– Tú estabas en turno cuando sucedió. ¿No habrás sido tú, eh merluzillo?

– No, no, ¡Qué dices, hombre! – mentí.

Durante las cervezas volvieron a jugar a Sherlock. “Yo creo que ha sido Curro porque estaba en turno de noche y es muy de dar golpes a las cosas” “Yo creo que ha sido El Gallego porque tiene unas manazas enormes”

Todo el mundo tenía una disparatada teoría al respecto y tenían al traidor ahí delante de sus narices. Era yo. Y a mí se me caía la cara de vergüenza. No disfruté de las cervezas ni por un instante, me sentía un mentiroso. Cada gesto, cada movimiento que hacía era fingido, con el único propósito de mostrar naturalidad.

MERLU IMPRESORA 4

Ese día, después de las cervezas con los del curro, al llegar a casa vomité.

El domingo vomité tres veces más. Creo que fue una respuesta física a mi mala conciencia. Tuve todo el día las entrañas revueltas.

El lunes me daba miedo ir al trabajo. Temía no poder mirar a mis compañeros a la cara.             Al llegar a mi puesto y revisar los correos no-leídos me encontré con uno de mi jefa con el asunto: *IMPRESORA*

Al pinchar en él, descubrí que no me lo había enviado a mí sólo, sino que había sido enviado indiscriminadamente a todas las salas de mi empresa, lo que me alivió un poco. En el mail se tachaba de “energúmeno” al personaje anónimo que había dado un puñetazo a la impresora y se hacía saber que la reparación iba a costarle a la empresa más de mil doscientos euros y que ella (la jefa) se avergonzaba profundamente del comportamiento del responsable del destrozo.

Después de leer el mail, las piedras de mi cabeza crecieron hasta hacerme la cabeza más pesada que todo el cuerpo.

MERLU IMPRESORA 3

Pasé todo el día taciturno. Con un nudo en la garganta y con ganas de salir corriendo de allí para no volver.

Al día siguiente, ya martes, no pude aguantar más, y sin pensármelo dos veces fui al despacho de la jefa y sin apenas mediar palabra le espeté:

-He sido yo. El que se ha cargado la impresora. Soy yo.

Le conté toda la historia. E hice hincapié en que no le di un puñetazo. Es increíble cómo se dan por hecho algunas cosas sin saber la verdad. Yo no le di un puñetazo a la impresora pero todo el mundo estaba convencido de este hecho sólo por ver cómo quedó la pantalla. Además de Sherlocks, todos nos creemos un poco Grissoms.

Mi jefa parecía no dar crédito, pero en vez de mostrase iracunda fue bastante comprensiva. Estaba decepcionada conmigo y me preguntó que por qué no había ido a su despacho nada más pasar eso. No supe qué contestarle. Ni yo lo sabía. No sé por qué actué así. No sé por qué escapé del lugar del crimen como un cobarde en vez de afrontar los hechos. Todavía hoy me lo pregunto.

Después de eso, fui sala por sala, contándole uno por uno a todos mis compañeros que yo había roto la impresora y que les había mentido a la cara a todos. Fue especialmente emotivo, con aquel amigo que me preguntó el sábado pasado a la cara si había sido yo. Me disculpé por mis mentiras y él actuó con normalidad, me dijo que no pasaba nada, y que entre amigos, sobran las disculpas.

Eso fue todo lo que pasó.

Así que, amiguillos, si algún día metéis la pata como yo lo hice, agachad la cabeza y contad la verdad, porque siendo un mentiroso se pasa fatal.

MERLU GARANTIA

26 mayo, 2015

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